El cambio, tómese la definición que encuentren más familiar, es una cualidad normal dentro del mundo material en el que estamos inmersos. Es innecesario mencionar la evolución (¿evolución?) de las diversas civilizaciones a través de la Historia de la humanidad: migraciones, asentamientos, imperialismos, esclavitud, democracias, comunismos y capitalismos… Tantos éxitos y desméritos que, al fin y al cabo, sucedieron y dejaron un legado en nuestro presente. Cambiar es un infinitivo que casi se convierte en imperativo cada vez que se presenta, y si hasta la materia solo se transforma, entonces se puede decir que el cambio es en realidad lo que forma el “todo” (la presencia de objetos es simplemente infructífera. La constante interacción de estos es lo que verdaderamente genera).
Aun viviendo en un mundo volátil, todavía me sorprendo de la naturalidad con la que la realidad cambia constante e indiscriminadamente. Uno de mis mayores pasatiempos es observar a la gente en lugares públicos (¿durante cuánto tiempo lo he hecho?). Algo tan simple como la forma de vestir ha variado, casi en un parpadeo, a una velocidad inesperada, o esperada si se sigue una secuencia de lo que sucede en el medio. De los pantalones y camisas holgadas, a prendas ajustadas al cuerpo. De colores neutros, nada llamativos, a tonos cada vez más ácidos y alocados. De un estilo recatado y elegantemente glamuroso de los 90’s, al renacer del Fénix de los 80’s con su moda vanguardista y psicodélica. Esa transición ocurrió, y está ocurriendo, apenas finalizada la primera década de este milenio, imitando esa delimitación por décadas que se usó en el siglo XX.
Sin embargo, estos cambios son (como dije anteriormente) probablemente esperados dentro de la dinámica social, la globalización, la posmodernidad, y todo este cuento teórico que nos han enseñado en nuestras casas de estudio. Algo mucho más interesante es apreciar un tipo de cambio que, a mi parecer, trasciende al conocimiento real de las personas con las que interactuamos, reta todas las impresiones que construimos día con día, y nos hace reflexionar si es verdad que conocemos a esas personas. Me refiero a los cambios en la personalidad.
Si el mundo es exageradamente cambiante, de forma mucho más impresionante cambia la personalidad. En mi opinión, cada individuo tiene una personalidad distinta cada vez que parpadea, analiza y absorbe todo cuanto percibe en el mundo, y toma para sí lo que le interesa conservar. No existen conductas constantes ni imperturbables. Probablemente lo que nos desconcierta y enoja en nuestra juventud, luego de unos años nos parezca normal, o lo que nos fascina termine siendo lo que más aborreceremos en un futuro. Y eso puede o no suceder por circunstancias, por las cosas que suceden o dejan de suceder (nadie puede refutar este punto, a menos que demuestre la ausencia de eventos en el diario vivir, y que estos no son trascendentes para la experiencia de las personas). Eso no implica que las personas pierden o tergiversan su forma de ver y vivir su mundo. Todo lo contrario, el cambio es natural dentro de la realidad, por lo que no es una pérdida de identidad, sino una evolución (insisto, ¿evolución?) de la personalidad.
En este momento los lectores se preguntarán: “¿Por qué tanto énfasis en eso de si es evolución o no?”. Cuando escribí esa pregunta retórica, también me formulé lo mismo, les soy sincero. Si observáramos la evolución como un macroproceso (por decirlo de alguna forma), en realidad los cambios de personalidad no son parte de la escala evolutiva del ser humano, ni existe un patrón evolutivo. No está en los genes, sino en la psique de cada ser (es decir, la evolución de la personalidad no es biológica, social ni histórica. Pueden influir, pero no son totalmente vinculantes). La evolución de la personalidad hay que apreciarla de manera específica, individual (tantas evoluciones como personas en este planeta).
El concepto de “evolucionar” calza si observamos el cambio de personalidad para cada persona. No obstante, mi mayor duda acerca de si la personalidad evoluciona o no, recae en la involución. A partir de este punto, todo el análisis que traté de hacer objetivamente debe quedar atrás, y hacer paso a la subjetividad que me motiva a escribir este texto.
Las personas cambian. Lo he comprobado no hasta ahora, sino desde que tengo noción de mi realidad. No solo cambian físicamente, eso es obvio y evidente. Todo cuanto sienten, creen, piensan, opinan o dejan de opinar también cambia, y depende en sobremanera de qué tan influenciados se encuentren por el medio. Insisto lo que mencioné anteriormente: el verse influenciado no es reflejo de tergiversación, sino de transformación. Pero no deja de inquietarme el cambio que responde no a una/un evolución/desarrollo. La involución de la personalidad, aunque no es constante dentro del cambio, es también un visitante frecuente dentro del proceso. Lo peligroso de hablar al respecto es mi concepto de involución, diferente o concordante al lector. Una forma sencilla de hablar de la involución de la personalidad es cuando ese cambio en la personalidad afecta directamente a quien la percibe (lo cual hace ver ese fenómeno de forma unilateral: solo veo mal lo que me afecta a mí, lo que me parece que está mal, aunque al otro le parezca bien). Es por esto que deseo plantear la posibilidad de un retroceso en la personalidad, y no ahondar mucho en el tema.
Las personas cambian, y me gusta más verlo como una metamorfosis, en vez de un proceso teóricamente evolutivo. Tal vez, una oruga inicia su vida siendo vista como el insecto más horrible y repugnante. Al darse cuenta de esto, decide que eso no puede seguir siendo así, y prepara cuerpo y mente para cambiar, y come todo cuanto encuentra a su alrededor (y le sea comestible), pasa a su etapa de crisálida, y se prepara para la etapa final de su metamorfosis. Posiblemente, esta pequeña oruga desconozca en qué clase de mariposa se convertirá (me gustaría imaginar que ese cambio sucede de manera aleatoria, solo por fines ilustrativos), lo único que sabe es que se transformará. Al salir de la crisálida, la oruga podría haberse convertido en una preciosa mariposa monarca, y deslumbraría los cielos con su vuelo y sus dorados colores, o su metamorfosis podría terminar por mutarla en una mariposa búho, que aterra con sus escalofriantes alas a quien se le acerca.
Análogamente a la metáfora anterior, la personalidad de las personas se ve afectada por los eventos y ambientes en los que estos individuos se ven inmersos. Toman todo cuanto pueden y desean, y a partir de ello comienzan a cambiar. A diferencia de la oruga en el ejemplo, las personas no cambian aleatoriamente de personalidad, ellas deciden qué hacer o no con su vida, por lo que es completamente determinado por su voluntad. Así como esto es cierto, es también seguro que cada persona toma para sí, por sus propias decisiones, lo que la convertirá, a los ojos de quienes la observan, como una mariposa monarca, o una mariposa búho. De nuevo, esto último queda sujeto al paradigma de mundo que cada uno de ustedes, lectores, posee.
30/6/09
24/6/09
Pérdidas
El ser humano está acostumbrado a la idea de tener siempre algo. No importa si es un carro, un perro, una casa, una olla, una cama, una pareja, un amante, hambre, sueño, pereza, interés, compañía o, de forma algo contradictoria, soledad. Siempre construye su mundo alrededor de lo que le rodea. Ese sentimiento de tener algo es casi inherente, instintivamente aplicado a nuestra realidad, siempre sabemos que tenemos cualquier cosa, siempre (y si dudan de que eso sea cierto, pues entonces ya tienen algo: incertidumbre). Incluso, aquel que aun así no tiene absolutamente nada, se tiene a sí mismo, y por tanto ya tiene algo. Es interesante estar divagando hasta el absurdo sobre cuestiones, hasta cierto punto, ridículas, pero es necesario para el desarrollo de este escrito. Es cierto que estamos acostumbrados a poseer algo, ¿pero qué sucede cuando ese algo desaparece, cuando deja de formar parte de nuestra existencia, de nuestro mundo, de nuestra realidad? ¿Nunca se han puesto a pensar si perdieran aquello que más aprecian en su vida? Estamos muy felices con todo lo que tenemos, pero nunca nos ponemos a pensar cuando todo eso desaparezca (lo cual no es completamente seguro, pero justificable dentro del mundo probabilístico).
Muy posiblemente esa pérdida (sea cual sea su índole: material, espiritual, personal, sentimental, cognitivo, etcétera) no suceda por nuestra intención. Así como nuestro mundo da vueltas, habrá cosas que están casi condenadas a desaparecer, aun cuando nuestro mayor deseo es totalmente el contrario. También es posible que nosotros mismos queramos que ese algo desaparezca, ya sea porque lo odiamos, porque no nos conviene o no nos interesa tenerlo, o porque dejó de ser imprescindible para nuestra realidad. Sin embargo, indistintamente de la razón por la que desaparezcan, siempre dejan algún vacío, de una u otra forma. Existen dos clases de vacíos: los que se forman al dejar ese algo que los ocupaban, o los que nunca antes habían sido llenados. De ahí cada uno determina qué clase de vacío le corresponde.
Otro hecho importante es la hábil (y en ocasiones impertinente) capacidad memorística del ser humano. Cuando algo existe en nuestra realidad, se gana un espacio en nuestros recuerdos. Todo el mundo recuerda de qué color es el cabello de cada uno, cuando tuvo aquel accidente que le dejó una cicatriz en la espalda, de qué color es su cuarto, qué comida le gusta o disgusta, o cuáles son los más íntimos secretos que su mejor amigo le ha confiado. Cada suceso de nuestra existencia tiene lugar en nuestra memoria. Aun así, esa memoria también es volátil, y por las mismas razones que por las pérdidas que mencioné anteriormente: porque simplemente se olvidan, o queremos olvidarlas. Las razones por las que eso suceda redundan en este texto. Lo más intrigante de todo es que es más fácil tener una pérdida material que una memorística, y esto va ligado intrínsecamente a qué tan importante es ese recuerdo para nosotros. Es fácil perder un anillo (a mí me ha sucedido muchísimas veces, y por eso no uso tal accesorio), pero si pierden el anillo que le regaló tal persona, a la cual aprecian mucho, ¿podrían olvidar esa pérdida tan fácilmente como perdieron el objeto en sí?
Me gustaría dar un ejemplo aun más concreto (y el que, a decir verdad, estaba tentado en escribir desde hace algún tiempo). Sin duda alguna, eventos más tristes que un funeral son pocos. Son momentos realmente sensibles en la vida de cualquier persona sobre este planeta (quién no lo considere así… le recomiendo buscar ayuda). Aquella persona que ha fallecido se encontrará en dicha situación por cualquier motivo, no es relevante en estos momentos. Y apenas esté a tres metros bajo tierra, habrá sido una pérdida física para todo aquel que vivió a su lado. Es muy fácil perder físicamente cualquier cosa. ¿Sentimentalmente? Lo más doloroso de perder a una persona, es saber que aun sin existir en la realidad, existe en el pensamiento y, por tanto, sigue existiendo. Y bajo ese criterio, siguen existiendo sus virtudes y defectos, sus atributos, sus enseñanzas, sus olvidos, sus alegrías y tristezas. Y no es porque esa persona se transportó metafísicamente en el pensamiento de cada uno (quienes lo vean así, pido mis más sinceras disculpas), sino que todo lo que realizó en vida caló en la personalidad de quienes lo conocieron, y eso no se olvida de la noche a la mañana (incluso, no se olvida).
Las pérdidas materiales suceden todos los días. Todos los días existen fluctuaciones en las bolsas económicas más importantes del mundo, la gente es víctima de asaltos, algunos pierden un diente o el cabello, otros pierden kilogramos de pesos, otros pierden dignidad. Hablar de “perder” podría significar hablar casi infinitamente. Pero son pérdidas superfluas si no tienen significado personal. Perder algo que queremos no implica olvidarlo definitivamente (ya que no existe físicamente, ¿para qué mantenerlo en pensamiento?). Perder algo nos brinda siempre una enseñanza de vida: no se ha perdido todo. Porque nuestra mente siempre alberga en su memoria aquellas cosas que, aunque no queramos, seguiremos recordando porque son importantes para nosotros. Porque en cada etapa de vida existen hechos que marcan cada persona, que forjan su personalidad, y tratar de olvidarlos solo porque ya no existen en nuestra realidad es desde absurdo, hasta hipócrita hacia nosotros mismos y hacia lo que nosotros hemos vivido.
El secreto para superar una pérdida no es tratar de olvidarla. Tal vez sea aceptar que esa pérdida en algún momento fue algo en nuestra vida, y aprender a raíz de ella todo cuanto sea posible. No vaya a ser que en algún tiempo, aquella “pérdida” sea la memoria que más valor tendrá nuestra persona…
Muy posiblemente esa pérdida (sea cual sea su índole: material, espiritual, personal, sentimental, cognitivo, etcétera) no suceda por nuestra intención. Así como nuestro mundo da vueltas, habrá cosas que están casi condenadas a desaparecer, aun cuando nuestro mayor deseo es totalmente el contrario. También es posible que nosotros mismos queramos que ese algo desaparezca, ya sea porque lo odiamos, porque no nos conviene o no nos interesa tenerlo, o porque dejó de ser imprescindible para nuestra realidad. Sin embargo, indistintamente de la razón por la que desaparezcan, siempre dejan algún vacío, de una u otra forma. Existen dos clases de vacíos: los que se forman al dejar ese algo que los ocupaban, o los que nunca antes habían sido llenados. De ahí cada uno determina qué clase de vacío le corresponde.
Otro hecho importante es la hábil (y en ocasiones impertinente) capacidad memorística del ser humano. Cuando algo existe en nuestra realidad, se gana un espacio en nuestros recuerdos. Todo el mundo recuerda de qué color es el cabello de cada uno, cuando tuvo aquel accidente que le dejó una cicatriz en la espalda, de qué color es su cuarto, qué comida le gusta o disgusta, o cuáles son los más íntimos secretos que su mejor amigo le ha confiado. Cada suceso de nuestra existencia tiene lugar en nuestra memoria. Aun así, esa memoria también es volátil, y por las mismas razones que por las pérdidas que mencioné anteriormente: porque simplemente se olvidan, o queremos olvidarlas. Las razones por las que eso suceda redundan en este texto. Lo más intrigante de todo es que es más fácil tener una pérdida material que una memorística, y esto va ligado intrínsecamente a qué tan importante es ese recuerdo para nosotros. Es fácil perder un anillo (a mí me ha sucedido muchísimas veces, y por eso no uso tal accesorio), pero si pierden el anillo que le regaló tal persona, a la cual aprecian mucho, ¿podrían olvidar esa pérdida tan fácilmente como perdieron el objeto en sí?
Me gustaría dar un ejemplo aun más concreto (y el que, a decir verdad, estaba tentado en escribir desde hace algún tiempo). Sin duda alguna, eventos más tristes que un funeral son pocos. Son momentos realmente sensibles en la vida de cualquier persona sobre este planeta (quién no lo considere así… le recomiendo buscar ayuda). Aquella persona que ha fallecido se encontrará en dicha situación por cualquier motivo, no es relevante en estos momentos. Y apenas esté a tres metros bajo tierra, habrá sido una pérdida física para todo aquel que vivió a su lado. Es muy fácil perder físicamente cualquier cosa. ¿Sentimentalmente? Lo más doloroso de perder a una persona, es saber que aun sin existir en la realidad, existe en el pensamiento y, por tanto, sigue existiendo. Y bajo ese criterio, siguen existiendo sus virtudes y defectos, sus atributos, sus enseñanzas, sus olvidos, sus alegrías y tristezas. Y no es porque esa persona se transportó metafísicamente en el pensamiento de cada uno (quienes lo vean así, pido mis más sinceras disculpas), sino que todo lo que realizó en vida caló en la personalidad de quienes lo conocieron, y eso no se olvida de la noche a la mañana (incluso, no se olvida).
Las pérdidas materiales suceden todos los días. Todos los días existen fluctuaciones en las bolsas económicas más importantes del mundo, la gente es víctima de asaltos, algunos pierden un diente o el cabello, otros pierden kilogramos de pesos, otros pierden dignidad. Hablar de “perder” podría significar hablar casi infinitamente. Pero son pérdidas superfluas si no tienen significado personal. Perder algo que queremos no implica olvidarlo definitivamente (ya que no existe físicamente, ¿para qué mantenerlo en pensamiento?). Perder algo nos brinda siempre una enseñanza de vida: no se ha perdido todo. Porque nuestra mente siempre alberga en su memoria aquellas cosas que, aunque no queramos, seguiremos recordando porque son importantes para nosotros. Porque en cada etapa de vida existen hechos que marcan cada persona, que forjan su personalidad, y tratar de olvidarlos solo porque ya no existen en nuestra realidad es desde absurdo, hasta hipócrita hacia nosotros mismos y hacia lo que nosotros hemos vivido.
El secreto para superar una pérdida no es tratar de olvidarla. Tal vez sea aceptar que esa pérdida en algún momento fue algo en nuestra vida, y aprender a raíz de ella todo cuanto sea posible. No vaya a ser que en algún tiempo, aquella “pérdida” sea la memoria que más valor tendrá nuestra persona…
13/6/09
Borradores...
Me resulta imposible no tomar el lápiz cada vez que estoy sentado frente al escritorio de mi cuarto. Siempre quise aprender a dibujar, plasmar con simples trazos cuanto cruzara por mi mente, aun sabiendo de mi escasa destreza motora, necesaria para al menos intentar garabatear algo. Es por eso que envidio a quien tiene semejante talento: escribir palabras al azar puede hacerlo cualquier fanfarrón, por lo que me he propuesto a no ser uno de ellos, o al menos tratar de evitarlo. En dado caso, ¿qué puede hacer una persona que anhela dibujar, si lo único que ha aprendido en la vida (y a medias) es escribir? Dibujar con palabras, me gusta llamarlo en ocasiones.
Ayer decidí “dibujar” cuando llegué a casa. El cuarto estaba completamente oscuro, decir que no se veía más allá de un palmo era eso mismo: solo decirlo. Encendí la lámpara de la mesa, luz suficiente para trabajar en el escritorio. Busqué algo de papel, mis anteojos y un lugar cómodo en la silla. ¿Dónde estaba el lápiz?... ¡Ya lo recuerdo! Dentro de una de las gavetas del escritorio. Estaba algo desgastado, así que lo afilé un poco. Todo estaba listo para iniciar.
Antes de hacer la primera línea, abstraje en mi pensamiento lo que quería “dibujar”, para no divagar ni improvisar de más, aunque, a fin de cuentas, el proceso creativo es el que pesa más cuando se imagina. Cerré mis ojos, y desde ese momento aparecieron, una a una, infinidad de seres y objetos, habidos y por haber. Apareció un lobo, un zapato, un copo de nieve, un lago, un bonsái, un viejo, un recién nacido, un cadáver. Apareció un tren, un caballo, una tortuga, una estrella, un árbol, un enfermo, una enfermera, un maniaco. Apareció un mecánico, un policía, un guerrillero, un político y un corrupto. Apareció una sonrisa, un abrazo, un eufemismo, una mirada intrigante, un guiño, un “te odio”, un “te quiero”… Ninguna imagen se quedaba enganchada en mi atención. No pasó ni un respiro, hasta que logré percibir una silueta cautivadora. La progresión de pensamientos se detuvo.
Escribí un cuerpo, altura media, denotaba algunas tenues y características curvas: una convexa, otra cóncava, luego convexa (ya con esto podemos hacer una distinción de género). Escribí su delicado y decidido movimiento, su hipnótico caminar, sus graciosos ademanes. Escribí su cabellera, voluminosa, sedosa, brillante y fragante. Escribí su piel suave, divinamente tersa, inmaculada, irresistible al tacto, al beso. Escribí su rostro, y en él sus ojos. Ojos relampagueantes, llenos de dulzura y seducción, ojos somníferos de un placentero sueño. Escribí sus cejas, sus pestañas, su nariz, sus lunares, sus mejillas, su mentón, todos bailando en armonía cuando habla, cuando se molesta, cuando ríe y cuando llora. Escribí su boca, sus labios rosados y abultados, magnéticos, sensuales, inspiran no menos que ternura cuando dibujan en su rostro la sonrisa, ni menos que vértigo cuando besan. Escribí sus brazos, sus manos, donde se puede encontrar un cálido abrazo, una caricia que engolosina, tranquiliza, cautiva. Escribí su torso, su espalda, sus caderas, sus piernas… La escribí de pies a cabeza.
Escribí también su persona, su templanza, su carácter, sus emociones. Escribí su forma de pensar, de ver el mundo, su nobleza, su transparencia, sus sueños y deseos. Escribí sus gustos, sus disgustos, sus caprichos y sus decisiones. Escribí sus tristezas, sus enfados, sus desconsuelos y lágrimas de sufrimiento. Escribí sus alegrías, su envolvente energía, su libertad, sus diversiones y pasiones. Escribí sus paseos por el parque, por la playa, sus siestas debajo de un árbol, sus pláticas en un café, su contemplar del atardecer, su paso ligero por la calle, su mirada diurna y nocturna. Escribí sus fotografías, sus escritos en puño y letra, sus chistes y sus consejos. Escribí sus “hola” y “adiós”, sus temas de conversación, sus “no me hables”, sus adorables risas, su voz seria, sus decepciones, sus “te quiero”… La escribí por completo.
Escribí a una increíble velocidad, casi tan rápido como sentí que habían transcurrido las horas de anoche, invulnerables a su propósito de desvanecerse durante la eternidad (ya era hoy en ese momento). Leí el dibujo… Lo volví a leer, no para corregirlo ni adornarlo (¿quién ve a un artista agregando pedazos de mármol a la escultura ya estando en la galería del museo?), sino para admirarlo, para leer párrafo a párrafo, frase a frase, palabra a palabra. Juntarlas, separarlas, mezclarlas y volverlas a armar, fragmentando y recreando así aquella figura, esa musa que me inspiró a “dibujarla”. Cerré los ojos, y vi cómo las letras plasmadas en el papel iban formando su cuerpo, poro a poro, célula a célula, como rozaba mi rostro con sus manos y me embelesaba con su mirada. Como me hablaba, como me intrigaba con sus palabras y me separaba de mi ser con sus labios. Vi cómo era para mí, y yo para ella… Vi cómo éramos, cómo somos y cómo seremos.
Dicen que la noche es más oscura cuando está a punto de amanecer. No sé si era tan oscuro por eso mismo, o porque la lámpara del escritorio dejó de funcionar. Solo estoy seguro de que no había visto mi cuarto tan oscuro como en esta madrugada (decir que “la vi” es bastante optimista, con tanta oscuridad era nulo cuanto se podía ver). Tenía el “dibujo” en mi mano derecha. Busqué torpemente el cajón del escritorio, y coloqué los papeles junto a otros borradores. Son borradores, “dibujos” pasados de lobos junto a un lago, de tortugas que duermen bajo un bonsái, de recién nacidos hijos de enfermeras, de políticos corruptos, de cadáveres de maniacos, de estrellas vistas desde un tren, y de muchas otras cosas que pasaron por mi mente en alguna noche. Borradores de ilusiones, de ideas, de realidades, de “como era”, “como hubiera sido”, “como es” y “como deseo” que el mundo fuera.
Antes de cerrar el cajón, una última lágrima cayó sobre el borrador que escribí anoche. Ha sido solo eso… Un borrador.
Ayer decidí “dibujar” cuando llegué a casa. El cuarto estaba completamente oscuro, decir que no se veía más allá de un palmo era eso mismo: solo decirlo. Encendí la lámpara de la mesa, luz suficiente para trabajar en el escritorio. Busqué algo de papel, mis anteojos y un lugar cómodo en la silla. ¿Dónde estaba el lápiz?... ¡Ya lo recuerdo! Dentro de una de las gavetas del escritorio. Estaba algo desgastado, así que lo afilé un poco. Todo estaba listo para iniciar.
Antes de hacer la primera línea, abstraje en mi pensamiento lo que quería “dibujar”, para no divagar ni improvisar de más, aunque, a fin de cuentas, el proceso creativo es el que pesa más cuando se imagina. Cerré mis ojos, y desde ese momento aparecieron, una a una, infinidad de seres y objetos, habidos y por haber. Apareció un lobo, un zapato, un copo de nieve, un lago, un bonsái, un viejo, un recién nacido, un cadáver. Apareció un tren, un caballo, una tortuga, una estrella, un árbol, un enfermo, una enfermera, un maniaco. Apareció un mecánico, un policía, un guerrillero, un político y un corrupto. Apareció una sonrisa, un abrazo, un eufemismo, una mirada intrigante, un guiño, un “te odio”, un “te quiero”… Ninguna imagen se quedaba enganchada en mi atención. No pasó ni un respiro, hasta que logré percibir una silueta cautivadora. La progresión de pensamientos se detuvo.
Escribí un cuerpo, altura media, denotaba algunas tenues y características curvas: una convexa, otra cóncava, luego convexa (ya con esto podemos hacer una distinción de género). Escribí su delicado y decidido movimiento, su hipnótico caminar, sus graciosos ademanes. Escribí su cabellera, voluminosa, sedosa, brillante y fragante. Escribí su piel suave, divinamente tersa, inmaculada, irresistible al tacto, al beso. Escribí su rostro, y en él sus ojos. Ojos relampagueantes, llenos de dulzura y seducción, ojos somníferos de un placentero sueño. Escribí sus cejas, sus pestañas, su nariz, sus lunares, sus mejillas, su mentón, todos bailando en armonía cuando habla, cuando se molesta, cuando ríe y cuando llora. Escribí su boca, sus labios rosados y abultados, magnéticos, sensuales, inspiran no menos que ternura cuando dibujan en su rostro la sonrisa, ni menos que vértigo cuando besan. Escribí sus brazos, sus manos, donde se puede encontrar un cálido abrazo, una caricia que engolosina, tranquiliza, cautiva. Escribí su torso, su espalda, sus caderas, sus piernas… La escribí de pies a cabeza.
Escribí también su persona, su templanza, su carácter, sus emociones. Escribí su forma de pensar, de ver el mundo, su nobleza, su transparencia, sus sueños y deseos. Escribí sus gustos, sus disgustos, sus caprichos y sus decisiones. Escribí sus tristezas, sus enfados, sus desconsuelos y lágrimas de sufrimiento. Escribí sus alegrías, su envolvente energía, su libertad, sus diversiones y pasiones. Escribí sus paseos por el parque, por la playa, sus siestas debajo de un árbol, sus pláticas en un café, su contemplar del atardecer, su paso ligero por la calle, su mirada diurna y nocturna. Escribí sus fotografías, sus escritos en puño y letra, sus chistes y sus consejos. Escribí sus “hola” y “adiós”, sus temas de conversación, sus “no me hables”, sus adorables risas, su voz seria, sus decepciones, sus “te quiero”… La escribí por completo.
Escribí a una increíble velocidad, casi tan rápido como sentí que habían transcurrido las horas de anoche, invulnerables a su propósito de desvanecerse durante la eternidad (ya era hoy en ese momento). Leí el dibujo… Lo volví a leer, no para corregirlo ni adornarlo (¿quién ve a un artista agregando pedazos de mármol a la escultura ya estando en la galería del museo?), sino para admirarlo, para leer párrafo a párrafo, frase a frase, palabra a palabra. Juntarlas, separarlas, mezclarlas y volverlas a armar, fragmentando y recreando así aquella figura, esa musa que me inspiró a “dibujarla”. Cerré los ojos, y vi cómo las letras plasmadas en el papel iban formando su cuerpo, poro a poro, célula a célula, como rozaba mi rostro con sus manos y me embelesaba con su mirada. Como me hablaba, como me intrigaba con sus palabras y me separaba de mi ser con sus labios. Vi cómo era para mí, y yo para ella… Vi cómo éramos, cómo somos y cómo seremos.
Dicen que la noche es más oscura cuando está a punto de amanecer. No sé si era tan oscuro por eso mismo, o porque la lámpara del escritorio dejó de funcionar. Solo estoy seguro de que no había visto mi cuarto tan oscuro como en esta madrugada (decir que “la vi” es bastante optimista, con tanta oscuridad era nulo cuanto se podía ver). Tenía el “dibujo” en mi mano derecha. Busqué torpemente el cajón del escritorio, y coloqué los papeles junto a otros borradores. Son borradores, “dibujos” pasados de lobos junto a un lago, de tortugas que duermen bajo un bonsái, de recién nacidos hijos de enfermeras, de políticos corruptos, de cadáveres de maniacos, de estrellas vistas desde un tren, y de muchas otras cosas que pasaron por mi mente en alguna noche. Borradores de ilusiones, de ideas, de realidades, de “como era”, “como hubiera sido”, “como es” y “como deseo” que el mundo fuera.
Antes de cerrar el cajón, una última lágrima cayó sobre el borrador que escribí anoche. Ha sido solo eso… Un borrador.
29/5/09
¿Podría?...
¿Quién puede escribir poesía
cuando se calla?
Pensamiento errático, reprimido.
Callar cuando se ama,
callar en voz alta...
¿Quién puede escribir poesía
cuando no se llora?
Negación hipócrita,
insensible.
Llorar en el parque,
en el cine.
Llorar con llanto
incomprensible...
¿Quién puede escribir poesía
cuando no se ríe?
Alegría plena,
indestructible.
Inmutable al tiempo,
a la distancia.
A la circunstancia
y a quien declama...
¿Quién puede escribir poesía
cuando no se siente?
Corazón agitado,
desahucidado.
Poesía en sangre escrita,
con comas sonrisas
y lágrimas puntos aparte...
¿Quién puede escribir poesía
cuando no se ríe,
no se llora ni canta?...
¿Quién puede escribir poesía
cuando no se siente,
no se muere
ni se vive?...
cuando se calla?
Pensamiento errático, reprimido.
Callar cuando se ama,
callar en voz alta...
¿Quién puede escribir poesía
cuando no se llora?
Negación hipócrita,
insensible.
Llorar en el parque,
en el cine.
Llorar con llanto
incomprensible...
¿Quién puede escribir poesía
cuando no se ríe?
Alegría plena,
indestructible.
Inmutable al tiempo,
a la distancia.
A la circunstancia
y a quien declama...
¿Quién puede escribir poesía
cuando no se siente?
Corazón agitado,
desahucidado.
Poesía en sangre escrita,
con comas sonrisas
y lágrimas puntos aparte...
¿Quién puede escribir poesía
cuando no se ríe,
no se llora ni canta?...
¿Quién puede escribir poesía
cuando no se siente,
no se muere
ni se vive?...
21/5/09
Lo racional en lo irracional? Viceversa
Durante algún tiempo (digamos, desde bastante tiempo atrás), me hice una pregunta retórica (porque, ¡vamos! ¿Quién se va a atrever a responderla si se la preguntara?) que prácticamente va en contra de nuestra ya enredada naturaleza: ¿Qué pasaría si se dejara de lado el sentimiento, para darle plena potestad a la razón para actuar y juzgar imparcialmente? Como ya es costumbre, me encanta analizar este tipo de preguntas por casos hipotéticos. Pero no sé si la conclusión a la que se puede llegar a raíz del análisis del cuestionamiento pueda traernos algo revelador para comprender un poco más nuestra forma de ser como ente humano. Eso, a decir verdad, queda a criterio de cada lector (porque, al contrario de muchos escritores manipuladores, nuestra tarea es mostrar un mundo para que cada uno lo adecue a su paradigma, no tratar de argumentar y defender a capa y espada sus argumentos, aunque sean errados).
Para algunos aspectos de la vida, ser plenamente racional se vuelve un beneficio. En los negocios, no gana quien llore o se enoje más para que le acepten su oferta, sino quien aprendió a persuadir y convencer calculadoramente (casi maquiavélicamente) para lograr cerrar con éxito un trato. En la planificación, ganaría no quien tenga el plan más bonito e iluso, sino quien verificó los pro y contras del proyecto y depuró una estrategia para que su objeto final (no sé: un edificio, un plan de estudio, lo que sea) no tambalee por las adversidades. O incluso, en la vida personal, quien ordene bien sus prioridades por encima de todo antojo adolescente, logrará con mayor facilidad obtener su éxito personal que una persona completamente ambivalente e indecisa de su vida (cuestión bastante peligrosa en este mundo implacable y desconsiderado).
No obstante, podemos ver que los ejemplos citados son ya racionalizados por muchas personas (me incluyo... mea culpa). Con un poco de autodeterminación, es sencillo lograr administrar nuestra cotidianidad de forma objetiva (para unos más fácil que para otros... por el evidente motivo de la variedad de personalidades). Esto se debe a que, a ciencia cierta, todas estas cosas son creadas por el lado racional del ser humano (no las vemos en la naturaleza, creciendo como fruto en algún árbol). Son aspectos racionales de nuestra realidad. Ahora bien, con un poco de análisis, el lector podrá cuestionarse: "si hay aspectos racionales, ¿qué pasa con la razón en los aspectos irracionales?". ¡Gracias! Me han tentado a improvisar una respuesta.
Imaginen tener una escala para medir la compasión que se debe tener al ver a una persona en determinada situación, o un medidor de intensidad de amor que se siente hacia su pareja o sus seres queridos. ¿Serían capaces de decir "yo siento más compasión por este que por aquel" o "yo amo más a esta que a otra persona"? Igual con los sentimientos negativos, como un "odio-metro" para medir cuánto odia a esa "criatura de Dios", o un contador de grados de envidia (sin duda alguna, serían parte de los grandes inventos de la humanidad, si se llegaran a crear). Es bastante difícil (por no decir imposible) imaginar un mundo totalmente regido por la razón, subordinando incluso nuestros sentimientos. Nunca se dará algo así porque son aspectos de vida completamente independientes de lo racional. Se odia, se siente envidia o compasión, o se ama con tanta intensidad, que no es humanamente posible describirlo con precisión (ni las palabras, mediadores entre lo racional y lo irracional, pueden lograrlo).
Un mundo completamente racional sería gris, monótono, frío e insensible. Tratar objetivamente lo irracional (como muchos autores han tratado de hacer, y de lo que hablaré en algún otro escrito) destruye por completo su esencia: su naturaleza indescriptible y misteriosa (porque nadie puede conocer la efervescente y metamórfica conducta de nuestra confusa mente).
Así, llegamos a esta interesante conclusión (antítesis, más bien) del análisis: no podemos insertar a la fuerza la racionalidad en nuestros sentimientos, el aspecto puramente irracional, por excelencia de nuestra naturaleza. Pero nadie ha dicho que no hay pérdidas del juicio ni contradicciones en nuestras conductas racionales, causadas por la inestable parte sensible del humano (cuestión más interesante que la ya predecible conclusión a la que llegamos, a mi parecer). Más adelante, vice versa...
Fecha de Escritura: 15/11/2008
Para algunos aspectos de la vida, ser plenamente racional se vuelve un beneficio. En los negocios, no gana quien llore o se enoje más para que le acepten su oferta, sino quien aprendió a persuadir y convencer calculadoramente (casi maquiavélicamente) para lograr cerrar con éxito un trato. En la planificación, ganaría no quien tenga el plan más bonito e iluso, sino quien verificó los pro y contras del proyecto y depuró una estrategia para que su objeto final (no sé: un edificio, un plan de estudio, lo que sea) no tambalee por las adversidades. O incluso, en la vida personal, quien ordene bien sus prioridades por encima de todo antojo adolescente, logrará con mayor facilidad obtener su éxito personal que una persona completamente ambivalente e indecisa de su vida (cuestión bastante peligrosa en este mundo implacable y desconsiderado).
No obstante, podemos ver que los ejemplos citados son ya racionalizados por muchas personas (me incluyo... mea culpa). Con un poco de autodeterminación, es sencillo lograr administrar nuestra cotidianidad de forma objetiva (para unos más fácil que para otros... por el evidente motivo de la variedad de personalidades). Esto se debe a que, a ciencia cierta, todas estas cosas son creadas por el lado racional del ser humano (no las vemos en la naturaleza, creciendo como fruto en algún árbol). Son aspectos racionales de nuestra realidad. Ahora bien, con un poco de análisis, el lector podrá cuestionarse: "si hay aspectos racionales, ¿qué pasa con la razón en los aspectos irracionales?". ¡Gracias! Me han tentado a improvisar una respuesta.
Imaginen tener una escala para medir la compasión que se debe tener al ver a una persona en determinada situación, o un medidor de intensidad de amor que se siente hacia su pareja o sus seres queridos. ¿Serían capaces de decir "yo siento más compasión por este que por aquel" o "yo amo más a esta que a otra persona"? Igual con los sentimientos negativos, como un "odio-metro" para medir cuánto odia a esa "criatura de Dios", o un contador de grados de envidia (sin duda alguna, serían parte de los grandes inventos de la humanidad, si se llegaran a crear). Es bastante difícil (por no decir imposible) imaginar un mundo totalmente regido por la razón, subordinando incluso nuestros sentimientos. Nunca se dará algo así porque son aspectos de vida completamente independientes de lo racional. Se odia, se siente envidia o compasión, o se ama con tanta intensidad, que no es humanamente posible describirlo con precisión (ni las palabras, mediadores entre lo racional y lo irracional, pueden lograrlo).
Un mundo completamente racional sería gris, monótono, frío e insensible. Tratar objetivamente lo irracional (como muchos autores han tratado de hacer, y de lo que hablaré en algún otro escrito) destruye por completo su esencia: su naturaleza indescriptible y misteriosa (porque nadie puede conocer la efervescente y metamórfica conducta de nuestra confusa mente).
Así, llegamos a esta interesante conclusión (antítesis, más bien) del análisis: no podemos insertar a la fuerza la racionalidad en nuestros sentimientos, el aspecto puramente irracional, por excelencia de nuestra naturaleza. Pero nadie ha dicho que no hay pérdidas del juicio ni contradicciones en nuestras conductas racionales, causadas por la inestable parte sensible del humano (cuestión más interesante que la ya predecible conclusión a la que llegamos, a mi parecer). Más adelante, vice versa...
Fecha de Escritura: 15/11/2008
18/5/09
Rosas...
-¡Calla! Simplemente calla, que quiero contarte una historia.
Los dos estaban sentados uno enfrente del otro. Él, entusiasmado, prestaba total atención a los labios delgados y suaves de ella, mientras que la bella dama trataba de justificar su comportamiento. Ella Quería enmendar los errores del pasado, causados por la locura y testarudez juvenil; él solo quería verla. Con la intención de alargar la incertidumbre y el vértigo que provocaba la conversación, el joven le dijo:
-¿Pero de qué estás hablando? Las historias me aburren. Ya te pareces a…
-¡Te dije que callaras! ¿Por qué eres tan terco? Siempre lo has sido -reclamaba ella con ahínco.
-Tú has provocado que yo sea así. Por más que desees, no puedes negarlo.
En parte, era verdad lo que él decía. La vida le había jugado muchas tretas, pero la más grande de todas es haber creído que ella lo amaba. Su forma de ver el mundo había cambiado desde que conoció la belleza presente en tan delicada mujer. Muchos han sido juzgados de locos por consumirse en el conocimiento o desentenderse completamente de la vida. No obstante, los más cuerdos de estos son los locos por amor: por lo menos su mente ha sido perturbada no por números, letras o por hechos abominables, sino por lo más delicioso y prohibido que un hombre puede sentir (no conozco lo suficiente a la mujer como para inferir que eso también las vuelva locas. Tendré que preguntarle a alguna).
Ella, por su parte, no se percató del desorden de ser que tuvo al frente durante tanto tiempo (días, meses, años… ¿acaso es indispensable contarlos?). Tampoco era su obligación hacerlo, también tenía una vida independiente. Salía con uno, comía con otro, se abrazaba con aquel y se besaba con ese. En realidad, ella no tenía la culpa de la locura de su amigo: la culpa la tuvo él mismo, pues su cuerda locura lo dejaba también mudo y agudizaba su vista e imaginación.
¿Por qué ese idiota no manifestaba una sola expresión del mar de sentimientos que surgía en su alma? Eso ni yo lo sé (¿por qué tengo que saberlo todo?). Cada vez que la veía, su cuerpo dejaba de funcionar. Entraba en un trance sin regreso. Tan solo le bastaba verla por unos segundos para dejar volar su mente hacia un mundo utópico. Si lograba cruzar una palabra de forma racional con ella, pensaba que leía tomos enteros de la Enciclopedia de la Vida. Cuando sus vistas se separaban por el resto del día, significaba el regreso a la fría realidad de su mundo: un mundo de locos.
En una ocasión, él estaba más rematado que de costumbre. Cuando la encontró, le pidió que la acompañara a un rosal de un vecino, amigo de ambos. Mientras la sujetaba con una mano, su otra extremidad arrancaba del arbusto una pequeña y abultada rosa. En su intento por tomar la flor, su dedo índice fue atravesado por alguna espina malintencionada del tallo, derramando así una pequeña gota de sangre.
Él le preguntó:
-¿En qué se parece una mujer a una rosa?
-Mmmmm… no tengo ni idea.- respondió capciosamente ella. –dime la tuya.
-Simplemente tómala. Luego se te ocurrirá algo.
Seguían sentados en la misma mesa, uno frente al otro. La ansiedad de él aún no disminuía (parece que su té estaba algo cargado). En un movimiento sutil, ella sacó de su bolso un pequeño libro. Lo abrió más o menos por la mitad y sacó la rosa de aquella ocasión. Ya estaba bastante decolorada, pero no había sufrido cambios mayores. Consternado, él le preguntó algo nervioso:
-¿Todavía la conservas? Pensé que esos juegos de niños…
-¡Calla de una buena vez! Piensas demasiado para mi gusto- le reclamó ella por última vez en esa tarde y, probablemente, en todo el resto de su vida. - Ahora déjame contarte mi historia.
Fecha de escritura: 09/12/07
Los dos estaban sentados uno enfrente del otro. Él, entusiasmado, prestaba total atención a los labios delgados y suaves de ella, mientras que la bella dama trataba de justificar su comportamiento. Ella Quería enmendar los errores del pasado, causados por la locura y testarudez juvenil; él solo quería verla. Con la intención de alargar la incertidumbre y el vértigo que provocaba la conversación, el joven le dijo:
-¿Pero de qué estás hablando? Las historias me aburren. Ya te pareces a…
-¡Te dije que callaras! ¿Por qué eres tan terco? Siempre lo has sido -reclamaba ella con ahínco.
-Tú has provocado que yo sea así. Por más que desees, no puedes negarlo.
En parte, era verdad lo que él decía. La vida le había jugado muchas tretas, pero la más grande de todas es haber creído que ella lo amaba. Su forma de ver el mundo había cambiado desde que conoció la belleza presente en tan delicada mujer. Muchos han sido juzgados de locos por consumirse en el conocimiento o desentenderse completamente de la vida. No obstante, los más cuerdos de estos son los locos por amor: por lo menos su mente ha sido perturbada no por números, letras o por hechos abominables, sino por lo más delicioso y prohibido que un hombre puede sentir (no conozco lo suficiente a la mujer como para inferir que eso también las vuelva locas. Tendré que preguntarle a alguna).
Ella, por su parte, no se percató del desorden de ser que tuvo al frente durante tanto tiempo (días, meses, años… ¿acaso es indispensable contarlos?). Tampoco era su obligación hacerlo, también tenía una vida independiente. Salía con uno, comía con otro, se abrazaba con aquel y se besaba con ese. En realidad, ella no tenía la culpa de la locura de su amigo: la culpa la tuvo él mismo, pues su cuerda locura lo dejaba también mudo y agudizaba su vista e imaginación.
¿Por qué ese idiota no manifestaba una sola expresión del mar de sentimientos que surgía en su alma? Eso ni yo lo sé (¿por qué tengo que saberlo todo?). Cada vez que la veía, su cuerpo dejaba de funcionar. Entraba en un trance sin regreso. Tan solo le bastaba verla por unos segundos para dejar volar su mente hacia un mundo utópico. Si lograba cruzar una palabra de forma racional con ella, pensaba que leía tomos enteros de la Enciclopedia de la Vida. Cuando sus vistas se separaban por el resto del día, significaba el regreso a la fría realidad de su mundo: un mundo de locos.
En una ocasión, él estaba más rematado que de costumbre. Cuando la encontró, le pidió que la acompañara a un rosal de un vecino, amigo de ambos. Mientras la sujetaba con una mano, su otra extremidad arrancaba del arbusto una pequeña y abultada rosa. En su intento por tomar la flor, su dedo índice fue atravesado por alguna espina malintencionada del tallo, derramando así una pequeña gota de sangre.
Él le preguntó:
-¿En qué se parece una mujer a una rosa?
-Mmmmm… no tengo ni idea.- respondió capciosamente ella. –dime la tuya.
-Simplemente tómala. Luego se te ocurrirá algo.
Seguían sentados en la misma mesa, uno frente al otro. La ansiedad de él aún no disminuía (parece que su té estaba algo cargado). En un movimiento sutil, ella sacó de su bolso un pequeño libro. Lo abrió más o menos por la mitad y sacó la rosa de aquella ocasión. Ya estaba bastante decolorada, pero no había sufrido cambios mayores. Consternado, él le preguntó algo nervioso:
-¿Todavía la conservas? Pensé que esos juegos de niños…
-¡Calla de una buena vez! Piensas demasiado para mi gusto- le reclamó ella por última vez en esa tarde y, probablemente, en todo el resto de su vida. - Ahora déjame contarte mi historia.
Fecha de escritura: 09/12/07
15/5/09
Sátira de la realidad: amor incondicional
Recientemente he leído algunos textos de Gandhi (Reflexiones sobre el amor incondicional) y de Jacques Sagot (Amor y perdón - La Nacion, 30 de enero de 2009) que intersecan en una temática algo subordinada en los últimos tiempos: el amor...
Por favor, si antes de usted leer este texto piensa que "amar" es solo llenar de besos y abrazos a alguien, regalarle las flores más lindas, decir ensordecedoramente palabras melosas... le invito a salir de mi diario, no vaya a ser que se lleve una mala experiencia en su lectura... quitemos esa máscara repulsivamente materialista que le han dado a tan sublime sentimiento (cualquiera regala una caja de chocolates en forma de corazón... ¿quién pone su propio corazón en la caja del amor, y lo obsequia con dedicación?)...
Es muy fácil ver el amor como un sentimiento vano, tratarlo por encima... o peor aun, tratarlo sin importancia de análisis, por ser TAN subjetivo y hasta censurado por la sociedad (o verlo de forma egoísta, como un trato unilateral de "me importa que me amen, y luego ahí veremos para el resto")... Para comprender estos escritos mencionados anteriormente, hay que ver el amor de manera global... No solo como un sentimiento, también como una forma de vida, y un trato recíproco entre las personas... Hecha la salvedad, será conveniente proceder...
Ambos pensadores, Gandhi y Sagot, dibujan una utopía social acerca del amar como estandarte en cada uno de nuestros actos... Tan solo con el hecho de leer "el ser humano no tiene otra misión en el mundo que la de amar" ya nos echamos la soga al cuello (como se diría jocosamente), puesto que nos obliga a meditar si esto es correcto o no... Y si concluímos que no... ¿entonces para qué estamos aquí? ¿Para odiar? Sí, es muy delicado llegar a conclusiones tan extremistas... mejor llevamos todo con un poco más de calma...
Uno de los motivos por el que existen las utopías, aunque parezca extraño, es para mostrarnos lo mal que estamos... Es fácil decir que las utopías son para mostrar un mundo idílico, lleno de perfección y pureza social... Les digo que esa es la forma optimista e inocente de ver las utopías... ¿A quién le gusta decir que está equivocado?
Las utopías nos quitan la venda, y nos muestran lo equivocados que estamos al pensar que nuestra forma de vida es la ideal... Todo aquel que no vea en las utopías un motivo para mejorar la sociedad en la que vivimos, es ciego e insensible... y aquel que diga que nada se puede hacer, es conformista... Peor aun, el que diga que se pueda llegar al ideal, es un iluso...
Esperen, esperen... ¿Entonces qué hacemos?¿Dejamos de pensar en "lo bonito que sería el mundo si..."? Sagot nos ilustra la solución más sensata: "Los seres humanos podremos no ser perfectos, pero sí somos perfectibles, y tenemos el deber ético de acercarnos al ideal, aun cuando sepamos que no vamos nunca a alcanzarlo plenamente."
No está tan alejado de la realidad... a decir verdad, las personas mejoran solo si existe la voluntad de hacerlo... y no tratar de mejorar implica que simplemente no se desea, conformándose y resignándose con lo que es... conclusión: quien no se preocupa por mejorar y perfeccionarse, es un mediocre (y no digo que quien lo intenta y no puede, sea un mediocre... eso es completamente distinto, porque existe voluntad de hacerlo)
Es hora de unir ideas... ¿de qué nos sirve ver el amor como una forma de vida... de estar dispuesto a escuchar, atender, comprender y hablar con alguien, sin miramientos de limitaciones de ningún tipo? Simple, para mejorar como personas... Para mí, es triste ver cómo la gente se alimenta de envidias y rencores... el odio no genera ningún tipo de beneficio, más bien recrudece el ambiente y a la persona misma... amar, en cambio, genera, construye, edifica y realza lo que hacemos... Y no solo esperar a que nos amen, sino tratar de amar a aquellas personas que merecen nuestro aprecio... e insisto (para los que no entendieron al inicio), esto no se demuestra con cosas materiales, mundanas... una tarjetita o un chocolate... se demuestra con hechos fehacientes de nuestro sentir... estar ahí para aquel que amas, siempre... Ese es el amor incondicional...
Gandhi lo veía todo a muy grande escala... ese tipo de proyectos es casi imposible de llevar a cabo, puesto que para que TODO el mundo se ame, literalmente tendríamos que dejar de ser humanos (olvidar impulsos, dilemas, rencores... es muy difícil)... pero con tratarlo en nuestra pequeña esfera de vida, los cambios positivos no demorarían en llegar... Amemos incondicionalmente a quienes amamos, debería ser una obligación... amar condicionalmente? Esa es la verdadera sátira a lo que conocemos como amor...
Fecha de escritura: 31/01/09
Por favor, si antes de usted leer este texto piensa que "amar" es solo llenar de besos y abrazos a alguien, regalarle las flores más lindas, decir ensordecedoramente palabras melosas... le invito a salir de mi diario, no vaya a ser que se lleve una mala experiencia en su lectura... quitemos esa máscara repulsivamente materialista que le han dado a tan sublime sentimiento (cualquiera regala una caja de chocolates en forma de corazón... ¿quién pone su propio corazón en la caja del amor, y lo obsequia con dedicación?)...
Es muy fácil ver el amor como un sentimiento vano, tratarlo por encima... o peor aun, tratarlo sin importancia de análisis, por ser TAN subjetivo y hasta censurado por la sociedad (o verlo de forma egoísta, como un trato unilateral de "me importa que me amen, y luego ahí veremos para el resto")... Para comprender estos escritos mencionados anteriormente, hay que ver el amor de manera global... No solo como un sentimiento, también como una forma de vida, y un trato recíproco entre las personas... Hecha la salvedad, será conveniente proceder...
Ambos pensadores, Gandhi y Sagot, dibujan una utopía social acerca del amar como estandarte en cada uno de nuestros actos... Tan solo con el hecho de leer "el ser humano no tiene otra misión en el mundo que la de amar" ya nos echamos la soga al cuello (como se diría jocosamente), puesto que nos obliga a meditar si esto es correcto o no... Y si concluímos que no... ¿entonces para qué estamos aquí? ¿Para odiar? Sí, es muy delicado llegar a conclusiones tan extremistas... mejor llevamos todo con un poco más de calma...
Uno de los motivos por el que existen las utopías, aunque parezca extraño, es para mostrarnos lo mal que estamos... Es fácil decir que las utopías son para mostrar un mundo idílico, lleno de perfección y pureza social... Les digo que esa es la forma optimista e inocente de ver las utopías... ¿A quién le gusta decir que está equivocado?
Las utopías nos quitan la venda, y nos muestran lo equivocados que estamos al pensar que nuestra forma de vida es la ideal... Todo aquel que no vea en las utopías un motivo para mejorar la sociedad en la que vivimos, es ciego e insensible... y aquel que diga que nada se puede hacer, es conformista... Peor aun, el que diga que se pueda llegar al ideal, es un iluso...
Esperen, esperen... ¿Entonces qué hacemos?¿Dejamos de pensar en "lo bonito que sería el mundo si..."? Sagot nos ilustra la solución más sensata: "Los seres humanos podremos no ser perfectos, pero sí somos perfectibles, y tenemos el deber ético de acercarnos al ideal, aun cuando sepamos que no vamos nunca a alcanzarlo plenamente."
No está tan alejado de la realidad... a decir verdad, las personas mejoran solo si existe la voluntad de hacerlo... y no tratar de mejorar implica que simplemente no se desea, conformándose y resignándose con lo que es... conclusión: quien no se preocupa por mejorar y perfeccionarse, es un mediocre (y no digo que quien lo intenta y no puede, sea un mediocre... eso es completamente distinto, porque existe voluntad de hacerlo)
Es hora de unir ideas... ¿de qué nos sirve ver el amor como una forma de vida... de estar dispuesto a escuchar, atender, comprender y hablar con alguien, sin miramientos de limitaciones de ningún tipo? Simple, para mejorar como personas... Para mí, es triste ver cómo la gente se alimenta de envidias y rencores... el odio no genera ningún tipo de beneficio, más bien recrudece el ambiente y a la persona misma... amar, en cambio, genera, construye, edifica y realza lo que hacemos... Y no solo esperar a que nos amen, sino tratar de amar a aquellas personas que merecen nuestro aprecio... e insisto (para los que no entendieron al inicio), esto no se demuestra con cosas materiales, mundanas... una tarjetita o un chocolate... se demuestra con hechos fehacientes de nuestro sentir... estar ahí para aquel que amas, siempre... Ese es el amor incondicional...
Gandhi lo veía todo a muy grande escala... ese tipo de proyectos es casi imposible de llevar a cabo, puesto que para que TODO el mundo se ame, literalmente tendríamos que dejar de ser humanos (olvidar impulsos, dilemas, rencores... es muy difícil)... pero con tratarlo en nuestra pequeña esfera de vida, los cambios positivos no demorarían en llegar... Amemos incondicionalmente a quienes amamos, debería ser una obligación... amar condicionalmente? Esa es la verdadera sátira a lo que conocemos como amor...
Fecha de escritura: 31/01/09
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