15/5/10

El oculista...

-Sí, adelante…

La puerta suena tímidamente. La sala de espera es bastante pequeña, apenas tiene unas tres sillas para que los pacientes esperen así mismo: pacientemente; una pequeña máquina para hacer café, una ventanita que apenas deja pasar la luz que proviene fuera del edificio, un bombillo fluorescente y pálido, un piso frío y reluciente. La asistente espera detrás de un escritorio algo deteriorado por las termitas y el tiempo, mientras toma notas sobre quién sabe qué cuestiones (tal vez citas pendientes, tal vez cuentas sin pagar, tal vez un crucigrama). Entra una persona, totalmente envuelta en sus ropas, empapada por la tormenta que azotaba el pueblo, sólo tenía una pequeña abertura en la bufanda que protegía su rostro, y apenas se le lograba distinguir su sexo o edad. Sin embargo, apenas cierra la puerta y dice su nombre en voz alta, la asistente reconoce al menos esas palabras, y le dice cordialmente:

-¡Ah, por supuesto! El oculista la atenderá enseguida.

Antes de ella, esperaba en una de las sillas un hombre, unos 50 años, moreno, con algunas arrugas en su cara y poco cabello en su cabeza. Tiene una venda que rodea parcialmente su cara, sólo le tapa uno de sus ojos. Al parecer, está esperando a que el oculista le atendiera para ver el resultado de una cirugía, pero si no le preguntamos a aquel hombre el verdadero motivo estaríamos simplemente especulando al respecto. Esa incertidumbre no aqueja a la mujer que recién entró al consultorio. Se sienta a su lado, aun sin quitarse la ropa que la abriga, y deja salir un profundo suspiro de alivio. Tras unos minutos, el hombre se inquieta sobre tan poco común comportamiento (lo lógico, pensó él, es que se quitara toda esa ropa para evitar la humedad que pudiera transmitirle portar las prendas mojadas), y con un tono de voz profundo, prudente y distante le pregunta:

-Señorita, ¿por qué no descansa de esas prendas que la envuelven? Casi da la impresión de que se está asfixiando allí dentro…

-No se preocupe, buen hombre – responde ella, – La verdad, me encuentro a gusto así, la luz me lastima un poco.

Sin más qué preguntar, el hombre asiente con su cabeza, satisfecho con la respuesta (o con su deber de caballero, que considera cumplido), y vuelve su mirada al frente, esperando su turno para ser atendido. Casi inmediatamente a esto, la puerta de entrada al consultorio se abre lentamente. Sale una madre con su pequeño, ambos con vendas en su cabeza: la madre, al igual que el hombre cincuentón, tiene sólo un ojo cubierto, mientras el niño tiene todo su rostro envuelto, y se logra escuchar gemidos y lamentos dentro de su cubierta. Mientras la señora tantea la puerta de salida, le pregunta a la asistente:

-¿Hasta cuándo tendremos que estar así exactamente? El oculista no nos ha dicho nada al respecto, sólo recetó que yo podría quitarme las vendas hasta que pudiera ver el sonido de un violín, y debería quitárselas a mi hijo al haber pasado el doble de días que transcurrieron conmigo. Me encuentro confundida…

-Usted sólo confíe, señora. El oculista sabe lo que dice, todo estará bien. –respondió la asistente, mientras madre e hijo terminaban de cerrar la puerta de la sala de espera.

La escena, algo inusual para la muchacha que recién entró al consultorio, parece haber pasado desapercibida para el hombre, ya que apenas madre e hijo salieron del consultorio, él estaba atravesando la puerta para ser atendido por el oculista. No obstante, la imagen del rostro infantil envuelto en vendas genera cierta inquietud en aquella mujer, se pregunta si está haciendo bien en venir hasta ese lugar. No existe otro especialista en el pueblo, y un viaje a la ciudad terminaría siendo insostenible. Aun así, pueden más sus deseos de quitar ese fastidio que la luz le produce con solo entreabrir sus ojos, y se queda esperando. Segundos: el reloj de la sala de espera suena constantemente, sin reparo alguno del paso del tiempo. Minutos: la asistente pasa las hojas de su libreta, mira el reloj un instante, y sigue cavilando en sus obligaciones (o pasatiempos, aun no sabemos a ciencia cierta). Horas: el cansancio, la incertidumbre, la pesadez, el dolor, todo esto hace interminable la espera; y para colmo de males, se sigue rehusando a quitarse esas prendas que envuelven su rostro, como si le fastidiara la idea de ser vista. ¿Días? La verdad, no hay necesidad de preguntarse si pasan o no. Se convierte en algo intrascendente.

Suena la puerta del consultorio. Apenas ve que el hombre cincuentón sale de allí, la muchacha entra apresuradamente, sin ni siquiera tener la prudencia de preguntar a la asistente si era su turno (como si no fuera obvio, no había nadie más esperando en la sala de espera), o simplemente si puede pasar. No sabemos si el hombre ya no tiene vendas en su rostro, o si se encuentra como aquel pequeño, pero la muchacha alcanza a escuchar unas fugaces palabras de esa profunda voz:

- ¿para qué corres, si tan siquiera puedes ver por dónde vas?

Al inicio, ella no le encuentra sentido aparente a esa advertencia. Pero apenas se cierra la puerta del consultorio, se percata de la oscuridad en la que se encuentra. No puede distinguir ni las paredes de la sala, o si más adelante hay un objeto cualquiera… ¡Nada! (o si había suelo después. Aparenta ser un vacío incalculable, devorador). Lo que sí sobresale es una pequeña luz que ilumina la silla del paciente, y al lado de esta se encuentra ese famoso oculista. Tiene en sus manos una carpeta con unas hojas en blanco, un lapicero en una de las bolsas de su bata, y un arsenal de líquidos, linternas, letras varias y uno que otro bisturí en una bandeja, todo meticulosamente ordenado. Mientras murmura algunas cosas, se dejan salir de forma obstinada unas palabras de su boca:

-A ver. Dígame qué le aqueja…

Sin más reparo, la muchacha se dirige al lugar donde está el oculista. Se sienta, y menciona detalladamente todo lo que siente cuando se encuentra fuera, a la luz. Eso porque, ya sea por cuestiones desconocidas para nosotros, o por simple casualidad, ella no siente nada doloroso estando en la sala, siente una paz desconocida hasta por ella misma. El hecho de no tener algo tan fastidiosamente brillante enfrente al parecer relaja su vista, y le permite sentir que su cerebro no se atropella cada vez que intenta hablar. Después de escucharla detenidamente, el oculista asiente un par de veces con la cabeza, toma algunas notas rápidas, y se dispone a revisarle la vista. En ese momento, percibe que tiene todavía esa ropa que la cubre por completo. Extrañado, le pregunta:

-¿Le molestaría si le pido quitarse esa bufanda de su rostro? Así no puedo revisar si su problema se debe a su vista.

Nunca nadie le había pedido que se quitara esa bufanda del rostro. Probablemente porque nadie había estado interesado en verla con detenimiento. Sin embargo, en esta ocasión, la persona que le pedía quitarse esa prenda no era porque quería ver si era bella, si sus ojos le cautivaban, o al menos para tener contacto visual para conversar. El oculista sólo desea examinar sus ojos, y más allá no existe otro deseo aparente. Es una situación peculiar, y sin mayor discusión de dispuso a quitarse la bufanda. Sin hacer mucho reparo en ver el rostro de la paciente, el oculista saca su oftalmoscopio, y empieza a ver con cuidado el globo ocular derecho, luego el izquierdo. Hace pruebas con una pequeña linterna:

-Vea hacia arriba. Hacia abajo. Izquierda. Der… Sí, muy bien. Ahora del otro ojo.

El oculista termina de hacer algunas notas. Saca una hoja de receta médica, escribe su prescripción y se la entrega a la muchacha. Ella agradece, toma la receta y la guarda en un bolsillo. Está a punto de colocarse la bufanda sobre su rostro, y en ese preciso instante el oculista toma una de sus manos, luego retira la bufanda de sus brazos, y mientras la dobla para entregársela, le dice delicadamente:

-No, señorita. Usted no necesita ponerse esto alrededor de su cabeza: es una lástima no poder ver tan hermosos ojos. Puede retirarse, hemos terminado.

Unas palabras inesperadas, inclusive para el más osado o descarado. La muchacha no hace más que bajar su mirada, y buscar rápidamente la puerta de salida. Estando en la sala de espera, nota que entraron más pacientes, todos con sus caras envueltas. Por última vez, se extraña de semejante situación, y se dirige a la salida. Abre y cierra la puerta, y estando ya fuera recuerda que no había preguntado cuándo debería volver, o si la receta tiene algo especial que debería saber. Saca el papel, y lo único que venía escrito en él era la posible fecha de la próxima consulta:

-Vuelva cuando quiera…

14/2/10

Visitando en la Nostalgia...

¿Cuántas veces he visto, hipotéticamente hablando, alguna escena en particular y, a raíz de esto, genero innumerables posibilidades, acciones y reacciones sobre ese mismo evento, imaginando así posibles desenlaces y resultados? Tal vez muchas veces, o tal vez no las suficientes para tener un verdadero hábito analítico que me permita generar conclusiones contundentes o patrones de comportamiento. Lo interesante de la conducta humana es su naturaleza impredecible y, en ocasiones, inmanejable. Digo “en ocasiones” porque el comportamiento es controlado por el individuo mismo, de ahí que no encuentro lógica alguna a “los impulsos” o “acciones sin intención”. Sí existe motivo generador dentro de la psique de cada persona, para cada acción que efectúe, pero eso creo que incursiona en un campo que no domino ni me compete: la psicología. No quiero salirme de mi idea central, es por eso que dejo esa discusión de lado, respetando el criterio de cada quien sobre dicho asunto. Quisiera en este texto apuntar hacia algo que relaciona mi pregunta inicial con una ocurrencia mía, un simple destello de genialidad o de rasa estupidez (no me interesa averiguar si es lo uno o lo otro): ¿cuántas veces nos ponemos a imaginar alguna escena en particular y, a partir de aquella, hacer todo nuestro ejercicio analítico descrito arriba?

No voy a mencionar un ejemplo en particular, o limitaría la capacidad creativa del lector, dificultando la tarea de hacer suya mi idea y replantearla a placer. Sin embargo, me permito crear, dentro de la generalidad, un caso específico, descartando así una serie de actividades sociales y naturales comunes en la cotidianidad. Hecha la salvedad, creo que es prudente seguir.

¿Alguna vez han imaginado visitar a alguien que no han visto desde hace mucho tiempo, una vieja amistad, con quien han compartido una cantidad específica de momentos y recuerdos? Les digo que siempre lo hago, más que un hábito, para mí es una manía infundada. Siempre tengo en mi mente a alguna persona que no veo desde hace un tiempo, e imagino que estamos en algún lugar (en su casa, en el parque, en el bus, en un café… Lo que se les ocurra y hasta más), y le realizo algunas preguntas, imaginándome así respuestas ficticias, que podrían o no generarse (como si fuésemos capaces de emular lo que otra persona podría pensar). Podemos terminar la conversación con tranquilidad, suponer que nos veremos en otra ocasión, pensar que no nos recuerda, o simplemente imaginar que nos tira el café en la cara y se retira con tremenda indignación.

Aun así, por más curioso que sea el desenlace, hemos dedicado una fracción de segundo, al menos, a esa persona. Una fracción de segundo a una persona que, aunque queramos negarlo, tiene algo de importancia (la clase, grado y forma de esa importancia es determinada por el significado de esa persona para nosotros). No sé si al lector le producirá el mismo sentimiento, pero de mi parte es frecuente percibir cierto aire de nostalgia cada vez que lo hago. Durante un tiempo he criticado fuertemente a los recuerdos, y lo sigo haciendo. Pero no es sensato decir que alguien puede suprimir todos sus recuerdos a voluntad, y partiendo de esa primicia es que sigo con mi idea. Tengo algunos recuerdos recurrentes y, por tanto, tengo en mente algunas personas que son importantes de alguna forma, sea agradable o no para mí volverlos a mi mente. Imagino alguna escena, planteo preguntas, frases, situaciones, en fin, todas las situaciones que se me ocurren en el momento, y con base en lo que imagino, refuerzo algunas cosas que pienso sobre esa persona. Tal vez “debería saludarlo un día de estos”, “¿será prudente llamarla?”, “sí, mejor dejémoslo así, no llamar a males innecesarios”, poniéndole punto final a la divagación.

Mientras no se pueda tener esas personas al lado, y ver en tiempo real, sin un ambiente preparado ni preguntas/respuestas elaboradas (por más que hayan imaginado esa escena, jamás van a tener las mismas respuestas que hablando con él/ella), como se comportan ante las circunstancias, probablemente seguiré visitándolos en la nostalgia, y pensando en que, al fin y al cabo, seguirán siendo parte alguna de mi existencia (insisto, sea que así lo desee o no).

12/9/09

Haikus varios...

I
Por estos ojos
mi corazón llora su
triste lágrima...

II
Caen las hojas.
El árbol hace burla
de su destino...

III
Noche brillante.
Estrellas que adornan a
la luna llena...

IV
Son dos sonrisas,
cuatro labios, un sentir.
Eterno beso...

V
Sol primaveral,
abraza con amor a
la flor naciente...

VI
Mudo mi cuarto.
Canta al silencio nuestra
vieja guitarra...

VII
Solo el olvido
cambia las páginas de
viejas historias...

VIII
Navega el bote,
mientras separa en dos la
quietud del lago...

IX
De noche busco
esa ilusoria sombra
de tu sonrisa...

X
Tú, ciudad, vistes
solo escotes rojos y
sombreros negros...

XI
Me quiere, no me
quiere. Pétalos muertos,
desnudo clavel...

XII
Brisa del bosque,
ulula entre las ramas
rústico canto...

XIII
Son dos lágrimas:
una extingue este fuego,
otra dice adiós...

(Escritos para Concurso de Poesía Haiku 2009 - Embajada de Japón y Nueva Acrópolis)

23/7/09

Sueño Inconsciente

No es sorprendente lo que ocurre en la ciudad, especialmente de noche. Los testigos simplemente duermen por el cansancio o el terror de los peligros que acechan las desoladas calles, y aquellos que aun no cierran sus ojos apenas inician su penoso día. Donde probablemente caminaban niños y niñas rumbo a la escuela, inocente hábito del saber, en la penumbra los maleantes están pendientes de su próxima víctima. En parques donde los amigos frecuentan sus encuentros y los enamorados sus declaraciones de amor, la oscuridad oculta tras la maleza borrachos y drogadictos que calman (o estimulan, más bien) su degradante adicción. Abarrotados en el día las oficinas, tiendas y restaurantes; en las noches, los bares, prostíbulos, clubes nocturnos y otros antros. ¿Dónde queda la filosofía, la cordura, la conciencia? La filosofía, en un estilo de vida decadente y llevada a los vanos placeres; la cordura, junto con la conciencia, en algún otro lugar del mundo, menos en los senos de la prostituta de asfalto y concreto, la cual da de mamar con asquerosa naturalidad al libertinaje y el desenfreno.
Pero no crean que la vida en la ciudad no me gusta, especialmente de noche, otra cosa muy distinta es que reconozca mis retorcidas inclinaciones por la oscuridad y lo mundano. Cada vez que tengo oportunidad, escapo de mi cuarto y me dejo llevar por el gélido viento y las estrellas. Tomo mi sombrero, mi gabardina, algunos centavos y una mirada seca, para emprender así mi ronda nocturna. No conozco otra luz más que la del amanecer, ni otro astro más que la luna, fiel y reservada vigía de la decadencia en que la humanidad está inmersa.
No recuerdo alguna vida anterior a esta. No tengo recuerdos de infancia, de mis padres, de hermanos (si alguna vez tuve alguno), de algún amigo, de algún amorío. Solo recuerdo que siempre salgo en las noches, en busca de no-sé-qué, de una vaga compañía, de algún pleito, de algún tesoro escondido debajo de las sábanas, o de un diálogo con la soledad. A veces siento que me encuentro soñando con la noche, con la ciudad, como si todo esto fuera una ilusión. Aun así, no es una excusa para dejar ir la oportunidad de aventurarse entre callejones y cantinas de mala muerte, como he hecho hoy.
Todos los martes (¿es acaso ese el día?) acostumbro sentarme junto a la ventana de una taberna, ubicada en el centro de una zona ferroviaria. Coloco mi sombrero y mi gabardina en el asiento de enfrente. Veo cómo la gente toma el último tren que los lleva rumbo a sus casas, cómo otras personas se baja en alguna estación, y a unos cuantos que siguen sigilosamente a aquellas (los motivos por los cuales hacen esto son innecesarios de aclarar). “¡Oye, Gavilán! Lo mismo de siempre, ¡sin piedad!”, y enseguida el cantinero, un cincuentón de altura media, calvo, panzón y con la cara cicatrizada por alguna rencilla (si usara un parche en el ojo lo asemejaría a algún viejo pirata contemporáneo, si es que fuera posible su existencia), pone en la mesa unas frituras terriblemente grasosas y saladas, dos tragos de tequila (para alivianar la pesadez de la grasa contenida en la “comida”) y una jarra de cerveza cruda.
Tomo el primer trago de tequila. Es fácil describir la triste fachada del bar, con tan solo decir que sus dimensiones no podrían superar los setenta metros cuadrados. Tiene dos ventanas que miran a la calle, cuatro mesas centradas en el local, y una barra de unos 5 metros de largo, donde Gavilán se mueve con la gracia de un orangután en el agua. Siempre hay alguna mesa desocupada, no es el lugar más popular de la zona, pero su ambiente es extrañamente envolvente. Luces débiles, amarillas, parpadeantes; una sutil, pero notable capa de humo causada por las chimeneas humanas; cierto olor a apestoso sudor, vaho característico de los lugares hacinados, mezclado ligeramente con flatos y aromas gástricos que sugieren un escaso aseo del servicio sanitario (es por eso que me siento junto a una de las ventanas). La música es variada y agradable al oído, y en ocasiones reservan dos horas para que un mariachi de instrumentos enmohecidos por la humedad y un grupo de jazz experimental, den un ambiente alegre y bohemio al recinto. Precisamente hoy está este último grupo, conozco personalmente al saxofonista (o creo conocerlo), y lo saludo efusivamente con la mano. “Una pieza sublime, que me llegue al alma, ¡no me decepciones, chaval!”, y así la banda empieza con un solo nostálgico del saxofón, seguido de un progresivo acompañamiento del teclado, mientras la batería hace su ritmo base “tisss, tis, tis, tisss… tis tis, tisss…”. Gavilán, aunque no lo parezca, es amante de la música, y trata de flirtear con un par de muchachas, diciendo que él mismo fue quien le enseñó al percusionista. El ambiente estaba preparado para una velada de maravilla.
Como las frituras, y las bajo de mi garganta con la cerveza. Veo que la gente empieza a llegar a la cantina y empiezan a conversar entre ellas. Aplauden con inusitada efusividad cada vez que el grupo terminaba una pieza, y pedían alguna otra (alguna conocida, una tonada melancólica, una oda a la alegría, o simplemente una improvisación). No veo ninguna cara familiar, ni tampoco malgasto mis esperanzas en ver alguna, si con pocas personas me relaciono, y a menos las tomo en serio. La otra mesa junto a la ventana ha sido ocupada por una pareja de jóvenes tórtolos, cuchicheando por aquí y por allá, con miradas ilusamente inspiradoras. En las mesas del centro, grupos de amigos, viejos amigos, que carcajean al escuchar una anécdota, y se burlan de alguna payasada, infaltable en reuniones de ese tipo. Pasan cervezas de un lado, pedazos de pollo de otro, las cuentas por aquí y por allá. Gavilán es pésimo con las matemáticas, y siempre resulta estafado por los clientes, argumentando ellos que había cobrado de más, mientras él decía a grandes voces “seré ignorante, lo acepto… ¡Pero idiota no más que usted!” (ahora veo cual pudo ser el motivo de su grotesca marca en el rostro). Los golpes, las risas, los tropiezos, y las cuentas pagadas sin deuda alguna. “Así nunca va a prosperar, Gavilán… ¡Consígase un ábaco, al menos, y verá cuántos ojos morados se ahorra!”.
De repente empiezo a sentir algunas punzadas. No creo que haya sido la comida, si no siento nada en mi estómago. Es una sensación de presión que ronda desde mi cabeza hasta la punta de los pies, un constante hormigueo que recorre mi cuerpo, y va mordiendo cada centímetro de piel, cada respiro, cada latido. Nunca me había encontrado en un estado tan molesto, tan exasperante. Raspo la mesa con la jarra de cerveza, ya vacía. Tomo un centavo de mi pantalón y empiezo a jugar con él, a pasarlo de una mano a otra, golpear mis uñas contra él, estrellarlo contra el suelo, ¡y las punzadas no desaparecen! El hedor del baño se volvía sulfuroso, penetrante, irritante, y siento que el bar alcanza temperaturas increíblemente infernales, como si descendiera poco a poco, a paso irregular, hasta el mismísimo centro de la Tierra. La gente empieza a murmurar, a blasfemar y reírse, con voces similares a las que saldrían de alguna maldita caverna. Me señalan con sus leprosos dedos, tachándome de loco, de misántropo, de fenómeno, mientras saltaban de una mesa a otra, completamente dementes. Me levanto de la mesa y salgo a la intemperie por un instante (Gavilán casi piensa que me iría sin pagar), veo cómo los trenes se mueven a una velocidad monstruosa, cómo la gente sale disparada de las ventanas, y seguidamente estrellan sus sienes contra el polvoriento suelo. Cómo la luna sube y baja de su órbita, toma las estrellas para construirse una corona de una incandescencia sin igual, que lastima la vista con tan solo intentar verla. Definitivamente esto no es la comida. Con el mayor de los ascos imaginables, entré al baño de la cantina a lavar mi rostro con algo de agua.
Me falta tomar el último trago de tequila. El lavatorio de manos no era mucho más limpio que el baño, en general. Las baldosas que conforman las paredes están manchadas con una sustancia grasosa y, hasta cierto punto, escatológica: es imposible tener las agallas, o la suficiente falta de lucidez, como para atreverse a apoyarse contra los muros. Contradictoriamente, el agua es fría y refrescante, justo lo que necesito antes de que las punzadas vuelvan a dar una segunda estocada. Salgo del servicio sanitario, y me dirijo apresuradamente a la mesa. De súbito me detengo en el centro del bar. Sentada junto a la ventana (mi ventana), está una mujer totalmente desconocida para mí. No es el hecho de que estuviese allí mi motivo de sorpresa, sino la extraña naturalidad con la que se había adueñado de la mesa. Tiene mi sombrero en su cabeza, como para tratar de llamar la atención de su dueño, propósito en el que de inmediato tuvo éxito. Doy un saludo breve, tajante, tomo mi sombrero y lo coloco en su lugar. Sin más normas de urbanidad por romper aquella noche, la mujer tomó del bolsillo de mi gabardina unas monedas, y dijo “¡Gavilán! ¿Acaso la dama no merece ser invitada? Ya sabes lo que me gusta…”. Desde que sea bien pagado, Gavilán no mira de dónde provenga el dinero, y enseguida trajo a la mesa una margarita (no tengo idea de cuánto dinero se apropió para comprarla, pero ya estaba en la mesa). Sentí cómo me hiperventilaba de manera anormal, y cómo mi corazón empezaba a latir apresuradamente (no sé si de la ira, o de algún otro motivo, fuera de mi comprensión), y antes de lanzar el primer improperio, la mujer posa su índice en mi boca. Con un guiño de ojo me dice coquetamente, “déjame tomarme esto, luego habrá tiempo de presentarnos…”.
Tomo rápidamente el último trago de tequila. Siento que todos mis vasos sanguíneos se llenan poco a poco, lo cual incrementa mi sensibilidad, mi ansiedad y energía. No es la comida ni el alcohol, si todos los martes vengo al bar y salgo con toda la normalidad del caso. Es esa mujer, no es común tan poca vergüenza y falta de decoro en una persona con tanta gracia, y sin embargo allí estaba, tratando de tomar de nuevo mi sombrero para jugar con él un rato, como si no hubiera reaccionado ante mi atropellado recibimiento. Mi corazón late desenfrenadamente, lo siento en la garganta, lo siento en las piernas, lo siento en las manos y en la cabeza. Las punzadas se han detenido por el momento, ¡pero parece que las desgracias nunca vienen solas! La mujer, al ver que no había mencionado palabra alguna, reclama “al parecer no me has reconocido aun, ¿es cierto? Ven, demos una vuelta, para aclarar tus dudas”. No me voy del bar sin agradecer a Gavilán, y me despido de él tan efusivamente, que me dice sarcásticamente “¡hombre! Como si no nos volviéramos a ver después”.
La ciudad es terriblemente convulsa, especialmente de noche. De las tabernas salen trastabillando hombres con mujeres en sus brazos, y toman el primer taxi que encuentren para llevarlos a la deriva de la lascivia. Otros que saltan como primates, se arrastran por el suelo, y juran que están escalando el Everest con una barra de mantequilla en cada sandalia que traen de su reciente viaje al trópico. Se escuchan gritos en los callejones, en las calles desoladas, sangre de puñales, diluida por la ligera lluvia que enfría aun más el ambiente. Corren hampones, dejando más confusión a su paso, y con una sonrisa delatora de la dulce amargura a la que están sometidos, por la que tienen que vivir la vertiginosa y aventurera vida del perseguido. Aparecen cadáveres roídos por las ratas y las malas lenguas, los chismes que todo tergiversan. Veo la ciudad, y no veo la gloria de la civilización, sino el síntoma de la depravación, la causa y consecuencia de la perdición de una especie que pudo ser más, y nunca se le dio la gana de serlo.
Las punzadas regresan con un furor vengativo, y arremeten sin misericordia contra mi cuerpo. No puedo caminar más, y trato de apoyarme a un bote de basura que se encontraba cerca. El olor a podredumbre aumenta aun más el pánico que producen las perforaciones nerviosas de mi organismo, y las frenéticas palpitaciones de mi corazón hacen que mis movimientos sean eléctricos, torpes y precipitados. No logro distinguir entre un edificio y el suelo, y veo cómo la luna se va enrojeciendo triste y diabólicamente, mientras toma su corona de estrellas y las arroja, una a una, sobre mi ya lacerada existencia. En ese preciso instante, y con esa escalofriante naturalidad con la que estaba sentada junto a la ventana, la mujer se acerca a mi oído y susurra “¿aun no me reconoces?”. Las sombras de los árboles, de los rascacielos, de los autos, de los postes, de los indigentes, de los moribundos, todas las sombras de la ciudad envuelven a la mujer, mientras lanza una risa aterradora, burlándose de mi ingenuidad e ignorancia. Se convirtió en un monstruo colosal, desproporcionado, todo lo absorbía a su paso y no dejaba rastro alguno, como si fuera una réplica de un agujero negro. Con una voz oscura, con una voz compuesta por todas las voces de los ángeles y demonios, de la que salen rayos y llamas de la boca que la produce, grita sádicamente “¿Ahora ves quién soy, cretino? Ahora me perteneces, le perteneces a la ciudad, ¡le perteneces a la Muerte!”.
Estoy siendo absorbido por su horrible presencia, y veo dentro de ella la perdición de un mundo oscuro e incorregible. Las risas burlescas, los excesos, la adicción, la codicia, el deseo, la malformación, la lujuria; en fin, todo lo mundano va desapareciendo dentro del vacío eterno de la Muerte. Nada perdura, nada es perenne, nada es valioso, sublime ni trascendente. Al final, no se construye un mundo para el futuro, sino que se levanta una sociedad ciega, solo piensa en vivir el ahora, nunca el mañana, y por ello llenan de inestabilidad e incertidumbre a sus sucesores: el mañana no ha llegado, pero el hoy del mañana es el mañana de hoy, ¿no es acaso igual de importante? La Muerte me absorbe, y con ello me hace despertar del sueño en el que estoy inmerso desde no sé cuánto tiempo. La gabardina, el sombrero, la cara seca, la aventura, el desenfreno, todo ha sido producto de mi fantasía. Una fantasía espeluznante, desgarradora, una fantasía que nadie debería vivir, y todos quieren experimentarla alguna vez. La fantasía de la ciudad es pensar que vivirla es realmente vivir. Vivir en un sueño no es vivir, es simplemente soñar…

No ha pasado más de un mes desde que nuestro paciente se encuentra en un coma profundo. Hemos perdido todas las esperanzas en recuperar su estado consciente. Se le han aplicado casi todos los tratamientos existentes en nuestro campo, y en otras áreas de la medicina moderna: acupuntura, trances hipnóticos, aromaterapia, medicación psiquiátrica... Todos en vano. Los diagnósticos de los más prestigiosos especialistas lo han declarado en un “estado irrecuperable”. Hace unas horas, aplicamos vía intravenosa un medicamente de alto riesgo, con resultados experimentales en su mayoría adversos, pero dada la autorización de su única (y aparente) familiar, procedimos a aplicársela sin más remedio.
A las 8:35 am, con una dificultad para respirar y moviendo nerviosamente los labios, el paciente trató de abrir la boca con una dificultad más que aparente. Su aliento recuerda los cuerpos en estado de descomposición después de haber alcanzado la muerte. Agitando rápidamente su rasgada lengua, produjo un débil tartamudeo. No fueron palabras concisas ni transparentes, pero cada una de sus sílabas permitía aclarar cualquier duda de su primera locución luego de un mes de teórica muerte cerebral:
“¿Por qué es de día?”…

4/7/09

Escribiendo al vacío...

En ocasiones es difícil encontrar algún tema interesante sobre el cual fundamentar un escrito, tal cual me ha sucedido con este (tal vez no lo encontré). Apostaría a que a más de uno le costará pensar algo para luego traducirlo a letras (o por lo menos lo espero así, no quisiera ser el único con tan terrible defecto). Tal vez, esa incapacidad sucede por temor a no inspirarse en una idea suficientemente creativa, por tratar de no copiar otro estilo o temática. ¡Existe tanto por escribir, tanto por explorar, escudriñar, imaginar, sentir y comunicar, y es tan patéticamente limitada la mente humana para reproducirlo y, aun así, tan ingeniosa para intentarlo lo mejor posible! Escribir responde a la necesidad por transmitir información de forma más palpable, duradera y concreta, evitando confusiones y malformaciones del mensaje por medio de tradiciones y ejercicios verbales. Comunicar es aquí el objetivo principal, la gente escribe para comunicarse, o al menos para comunicar cuanto piensan, sin necesariamente tomar en cuenta quién será el lector final (este último, desconocedor de la motivación, el estado anímico, y la experiencia vivida por el escritor).

Haciendo una conclusión atrevida y acelerada, podemos decir que el escritor confía en que su escrito será leído, sus ideas serán tomadas por alguien más, las asimilará y las traspasará a su tal vez vasta amalgama de conocimientos. El proceso comunicativo inicia con la escritura, se desarrolla con la publicación, y termina exitosamente con la lectura del texto (quiero aclarar que el éxito de la comunicación se establece con la recepción del mensaje, la forma en la que se procesa esto último es totalmente independiente, pero otorgante de plusvalía, de lo primero). Así es como los famosos literatos de la Historia han alcanzado el reconocimiento: Si Cervantes hubiese dejado los originales de su obra en la gaveta de su escritorio, posiblemente sería otro individuo totalmente anónimo para el mundo, una tumba más bajo tierra, otro número en la estadística (viéndolo de la forma más superficial, por supuesto). Escribir consciente de que el cuento, novela, ensayo, poema, artículo, verso o una simple palabra será leída por alguien más es motivador para cualquiera. ¿Y si nadie lo lee? O más crítico aun, ¿si no se escribe para que alguien lo lea?

En ocasiones es difícil encontrar algún tema interesante por temor a que el texto no sea aceptado, sea ridiculizado, escatimado, desprestigiado y hasta ignorado por quien tiene la oportunidad de tenerlo en frente. Escribir para que alguien más lo lea puede ser complicado, hay que satisfacer los gustos y necesidades literarios de un tercero, todo un reto. Escribir para nadie más que para uno mismo (escribir al vacío, es un calificativo más apropiado) suele ser más sencillo, aunque se escriba de cualquier cosa. No obstante, ese escrito puede resultar más transparente, más auténtico que otro creado para ser leído por alguien más.

Escribir al vacío permite que la creatividad (por más escasa que sea) se expanda y alcance niveles que antes eran restringidos por el fantasma de la aceptación de la idea. Escribir con la única limitante de lo que se desea escribir, es todo, no hay criterios aparte ni aplausos. Escribir cuanto desea, piensa o imagina, y dejarlo viajar por ese vacío. Un vacío que se va llenando de barcos piratas que encallan en una isla imaginaria, de trogloditas que comen con cuchillo y tenedor, de pensamientos que matan, de flores que nacen marchitas y mueren como polen, de dados de una cara, de un azar predecible. Un vacío que se va llenando de arena que va cayendo de los relojes, de gente pura y racional, de dioses impotentes, de notas musicales amorfas y desconocidas, de espacios donde la oscuridad es la presencia de ella (la ausencia de luz, es análogo). Un vacío que se llena de cuanto se desee, y vuelve a vaciarse para ser rellenado una y otra vez, hasta la eternidad de nuestra vida (¿así o más contradictorio?), sin importar que pueda dibujar en otra persona una sonrisa, una mueca o una blasfemia.

Lo más interesante de todo es que no siempre los escritos que se dejan al vacío se quedan en el olvido, en el desconocimiento, el anonimato. Y es allí donde uno verdaderamente se da cuenta si ese infundado temor al rechazo es verdadero o no. Es allí donde se pasa a ser una estadística, o a ser recordado vagamente, al menos. Es allí donde se descubre si esas ideas arrojadas al vacío chocan con otras ideas, o se quedan flotando en el infinito. Es allí donde uno se da cuenta si el tema que encontró era interesante o no para el lector...

30/6/09

Metamorfosis...

El cambio, tómese la definición que encuentren más familiar, es una cualidad normal dentro del mundo material en el que estamos inmersos. Es innecesario mencionar la evolución (¿evolución?) de las diversas civilizaciones a través de la Historia de la humanidad: migraciones, asentamientos, imperialismos, esclavitud, democracias, comunismos y capitalismos… Tantos éxitos y desméritos que, al fin y al cabo, sucedieron y dejaron un legado en nuestro presente. Cambiar es un infinitivo que casi se convierte en imperativo cada vez que se presenta, y si hasta la materia solo se transforma, entonces se puede decir que el cambio es en realidad lo que forma el “todo” (la presencia de objetos es simplemente infructífera. La constante interacción de estos es lo que verdaderamente genera).

Aun viviendo en un mundo volátil, todavía me sorprendo de la naturalidad con la que la realidad cambia constante e indiscriminadamente. Uno de mis mayores pasatiempos es observar a la gente en lugares públicos (¿durante cuánto tiempo lo he hecho?). Algo tan simple como la forma de vestir ha variado, casi en un parpadeo, a una velocidad inesperada, o esperada si se sigue una secuencia de lo que sucede en el medio. De los pantalones y camisas holgadas, a prendas ajustadas al cuerpo. De colores neutros, nada llamativos, a tonos cada vez más ácidos y alocados. De un estilo recatado y elegantemente glamuroso de los 90’s, al renacer del Fénix de los 80’s con su moda vanguardista y psicodélica. Esa transición ocurrió, y está ocurriendo, apenas finalizada la primera década de este milenio, imitando esa delimitación por décadas que se usó en el siglo XX.

Sin embargo, estos cambios son (como dije anteriormente) probablemente esperados dentro de la dinámica social, la globalización, la posmodernidad, y todo este cuento teórico que nos han enseñado en nuestras casas de estudio. Algo mucho más interesante es apreciar un tipo de cambio que, a mi parecer, trasciende al conocimiento real de las personas con las que interactuamos, reta todas las impresiones que construimos día con día, y nos hace reflexionar si es verdad que conocemos a esas personas. Me refiero a los cambios en la personalidad.

Si el mundo es exageradamente cambiante, de forma mucho más impresionante cambia la personalidad. En mi opinión, cada individuo tiene una personalidad distinta cada vez que parpadea, analiza y absorbe todo cuanto percibe en el mundo, y toma para sí lo que le interesa conservar. No existen conductas constantes ni imperturbables. Probablemente lo que nos desconcierta y enoja en nuestra juventud, luego de unos años nos parezca normal, o lo que nos fascina termine siendo lo que más aborreceremos en un futuro. Y eso puede o no suceder por circunstancias, por las cosas que suceden o dejan de suceder (nadie puede refutar este punto, a menos que demuestre la ausencia de eventos en el diario vivir, y que estos no son trascendentes para la experiencia de las personas). Eso no implica que las personas pierden o tergiversan su forma de ver y vivir su mundo. Todo lo contrario, el cambio es natural dentro de la realidad, por lo que no es una pérdida de identidad, sino una evolución (insisto, ¿evolución?) de la personalidad.

En este momento los lectores se preguntarán: “¿Por qué tanto énfasis en eso de si es evolución o no?”. Cuando escribí esa pregunta retórica, también me formulé lo mismo, les soy sincero. Si observáramos la evolución como un macroproceso (por decirlo de alguna forma), en realidad los cambios de personalidad no son parte de la escala evolutiva del ser humano, ni existe un patrón evolutivo. No está en los genes, sino en la psique de cada ser (es decir, la evolución de la personalidad no es biológica, social ni histórica. Pueden influir, pero no son totalmente vinculantes). La evolución de la personalidad hay que apreciarla de manera específica, individual (tantas evoluciones como personas en este planeta).

El concepto de “evolucionar” calza si observamos el cambio de personalidad para cada persona. No obstante, mi mayor duda acerca de si la personalidad evoluciona o no, recae en la involución. A partir de este punto, todo el análisis que traté de hacer objetivamente debe quedar atrás, y hacer paso a la subjetividad que me motiva a escribir este texto.

Las personas cambian. Lo he comprobado no hasta ahora, sino desde que tengo noción de mi realidad. No solo cambian físicamente, eso es obvio y evidente. Todo cuanto sienten, creen, piensan, opinan o dejan de opinar también cambia, y depende en sobremanera de qué tan influenciados se encuentren por el medio. Insisto lo que mencioné anteriormente: el verse influenciado no es reflejo de tergiversación, sino de transformación. Pero no deja de inquietarme el cambio que responde no a una/un evolución/desarrollo. La involución de la personalidad, aunque no es constante dentro del cambio, es también un visitante frecuente dentro del proceso. Lo peligroso de hablar al respecto es mi concepto de involución, diferente o concordante al lector. Una forma sencilla de hablar de la involución de la personalidad es cuando ese cambio en la personalidad afecta directamente a quien la percibe (lo cual hace ver ese fenómeno de forma unilateral: solo veo mal lo que me afecta a mí, lo que me parece que está mal, aunque al otro le parezca bien). Es por esto que deseo plantear la posibilidad de un retroceso en la personalidad, y no ahondar mucho en el tema.

Las personas cambian, y me gusta más verlo como una metamorfosis, en vez de un proceso teóricamente evolutivo. Tal vez, una oruga inicia su vida siendo vista como el insecto más horrible y repugnante. Al darse cuenta de esto, decide que eso no puede seguir siendo así, y prepara cuerpo y mente para cambiar, y come todo cuanto encuentra a su alrededor (y le sea comestible), pasa a su etapa de crisálida, y se prepara para la etapa final de su metamorfosis. Posiblemente, esta pequeña oruga desconozca en qué clase de mariposa se convertirá (me gustaría imaginar que ese cambio sucede de manera aleatoria, solo por fines ilustrativos), lo único que sabe es que se transformará. Al salir de la crisálida, la oruga podría haberse convertido en una preciosa mariposa monarca, y deslumbraría los cielos con su vuelo y sus dorados colores, o su metamorfosis podría terminar por mutarla en una mariposa búho, que aterra con sus escalofriantes alas a quien se le acerca.

Análogamente a la metáfora anterior, la personalidad de las personas se ve afectada por los eventos y ambientes en los que estos individuos se ven inmersos. Toman todo cuanto pueden y desean, y a partir de ello comienzan a cambiar. A diferencia de la oruga en el ejemplo, las personas no cambian aleatoriamente de personalidad, ellas deciden qué hacer o no con su vida, por lo que es completamente determinado por su voluntad. Así como esto es cierto, es también seguro que cada persona toma para sí, por sus propias decisiones, lo que la convertirá, a los ojos de quienes la observan, como una mariposa monarca, o una mariposa búho. De nuevo, esto último queda sujeto al paradigma de mundo que cada uno de ustedes, lectores, posee.

24/6/09

Pérdidas

El ser humano está acostumbrado a la idea de tener siempre algo. No importa si es un carro, un perro, una casa, una olla, una cama, una pareja, un amante, hambre, sueño, pereza, interés, compañía o, de forma algo contradictoria, soledad. Siempre construye su mundo alrededor de lo que le rodea. Ese sentimiento de tener algo es casi inherente, instintivamente aplicado a nuestra realidad, siempre sabemos que tenemos cualquier cosa, siempre (y si dudan de que eso sea cierto, pues entonces ya tienen algo: incertidumbre). Incluso, aquel que aun así no tiene absolutamente nada, se tiene a sí mismo, y por tanto ya tiene algo. Es interesante estar divagando hasta el absurdo sobre cuestiones, hasta cierto punto, ridículas, pero es necesario para el desarrollo de este escrito. Es cierto que estamos acostumbrados a poseer algo, ¿pero qué sucede cuando ese algo desaparece, cuando deja de formar parte de nuestra existencia, de nuestro mundo, de nuestra realidad? ¿Nunca se han puesto a pensar si perdieran aquello que más aprecian en su vida? Estamos muy felices con todo lo que tenemos, pero nunca nos ponemos a pensar cuando todo eso desaparezca (lo cual no es completamente seguro, pero justificable dentro del mundo probabilístico).

Muy posiblemente esa pérdida (sea cual sea su índole: material, espiritual, personal, sentimental, cognitivo, etcétera) no suceda por nuestra intención. Así como nuestro mundo da vueltas, habrá cosas que están casi condenadas a desaparecer, aun cuando nuestro mayor deseo es totalmente el contrario. También es posible que nosotros mismos queramos que ese algo desaparezca, ya sea porque lo odiamos, porque no nos conviene o no nos interesa tenerlo, o porque dejó de ser imprescindible para nuestra realidad. Sin embargo, indistintamente de la razón por la que desaparezcan, siempre dejan algún vacío, de una u otra forma. Existen dos clases de vacíos: los que se forman al dejar ese algo que los ocupaban, o los que nunca antes habían sido llenados. De ahí cada uno determina qué clase de vacío le corresponde.

Otro hecho importante es la hábil (y en ocasiones impertinente) capacidad memorística del ser humano. Cuando algo existe en nuestra realidad, se gana un espacio en nuestros recuerdos. Todo el mundo recuerda de qué color es el cabello de cada uno, cuando tuvo aquel accidente que le dejó una cicatriz en la espalda, de qué color es su cuarto, qué comida le gusta o disgusta, o cuáles son los más íntimos secretos que su mejor amigo le ha confiado. Cada suceso de nuestra existencia tiene lugar en nuestra memoria. Aun así, esa memoria también es volátil, y por las mismas razones que por las pérdidas que mencioné anteriormente: porque simplemente se olvidan, o queremos olvidarlas. Las razones por las que eso suceda redundan en este texto. Lo más intrigante de todo es que es más fácil tener una pérdida material que una memorística, y esto va ligado intrínsecamente a qué tan importante es ese recuerdo para nosotros. Es fácil perder un anillo (a mí me ha sucedido muchísimas veces, y por eso no uso tal accesorio), pero si pierden el anillo que le regaló tal persona, a la cual aprecian mucho, ¿podrían olvidar esa pérdida tan fácilmente como perdieron el objeto en sí?

Me gustaría dar un ejemplo aun más concreto (y el que, a decir verdad, estaba tentado en escribir desde hace algún tiempo). Sin duda alguna, eventos más tristes que un funeral son pocos. Son momentos realmente sensibles en la vida de cualquier persona sobre este planeta (quién no lo considere así… le recomiendo buscar ayuda). Aquella persona que ha fallecido se encontrará en dicha situación por cualquier motivo, no es relevante en estos momentos. Y apenas esté a tres metros bajo tierra, habrá sido una pérdida física para todo aquel que vivió a su lado. Es muy fácil perder físicamente cualquier cosa. ¿Sentimentalmente? Lo más doloroso de perder a una persona, es saber que aun sin existir en la realidad, existe en el pensamiento y, por tanto, sigue existiendo. Y bajo ese criterio, siguen existiendo sus virtudes y defectos, sus atributos, sus enseñanzas, sus olvidos, sus alegrías y tristezas. Y no es porque esa persona se transportó metafísicamente en el pensamiento de cada uno (quienes lo vean así, pido mis más sinceras disculpas), sino que todo lo que realizó en vida caló en la personalidad de quienes lo conocieron, y eso no se olvida de la noche a la mañana (incluso, no se olvida).

Las pérdidas materiales suceden todos los días. Todos los días existen fluctuaciones en las bolsas económicas más importantes del mundo, la gente es víctima de asaltos, algunos pierden un diente o el cabello, otros pierden kilogramos de pesos, otros pierden dignidad. Hablar de “perder” podría significar hablar casi infinitamente. Pero son pérdidas superfluas si no tienen significado personal. Perder algo que queremos no implica olvidarlo definitivamente (ya que no existe físicamente, ¿para qué mantenerlo en pensamiento?). Perder algo nos brinda siempre una enseñanza de vida: no se ha perdido todo. Porque nuestra mente siempre alberga en su memoria aquellas cosas que, aunque no queramos, seguiremos recordando porque son importantes para nosotros. Porque en cada etapa de vida existen hechos que marcan cada persona, que forjan su personalidad, y tratar de olvidarlos solo porque ya no existen en nuestra realidad es desde absurdo, hasta hipócrita hacia nosotros mismos y hacia lo que nosotros hemos vivido.

El secreto para superar una pérdida no es tratar de olvidarla. Tal vez sea aceptar que esa pérdida en algún momento fue algo en nuestra vida, y aprender a raíz de ella todo cuanto sea posible. No vaya a ser que en algún tiempo, aquella “pérdida” sea la memoria que más valor tendrá nuestra persona…